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Julio Fernández puso a Plutón en su lugar

Publicado: 30/12/2018 09:40

Opina Miguel Ángel Campodónico*

Es reconfortante ocuparse al finalizar el año de un tema alejado de los asuntos políticos para desviar la mirada hacia el que nos permite conocer a quien se ha dedicado con talento y entusiasmo a su vocación. Alguien que no aparece habitualmente en las tapas de los diarios ni busca ser entrevistado en la televisión.

A quien ofrece como una de sus tantas virtudes la modestia, una característica que distingue a los más valiosos, aquellos que se han propuesto antes que nada trabajar en silencio, lo más lejos posible del barullo cotidiano.

Este es el caso del astrónomo, docente e investigador Julio Fernández, nacido hace setenta y dos años en La Aguada, una época completamente distinta a la actual que él recuerda con cierta nostalgia. Tiempos aquellos –mediados del siglo XX- en los que comenta que no tenía la llave de la puerta de su casa porque nunca se cerraba.

Hijo de inmigrantes portugueses -su padre era feriante en el mercado y su madre ama de casa- logró estudiar gracias al apoyo que ellos le ofrecieron y por la gratuidad de la enseñanza, hecho que subraya como una de las grandes conquistas sociales de nuestro país.

Fue a la escuela No.133, luego al liceo Héctor Miranda y finalmente culminó el bachillerato en el Instituto Alfredo Vásquez Acevedo (IAVA) en la orientación de ingeniería no porque le interesara especialmente esa carrera sino porque había comprendido que necesitaba saber más física y matemáticas. Ingresó en la Facultad de Ingeniería en 1965, pero en el año siguiente al enterarse de que existía una Licenciatura en Astronomía en la Facultad de Humanidades y Ciencias se inscribió en ella.

Había dado los primeros pasos tempranamente para acercarse el centro de su interés, es decir, la astronomía. Podría decirse que todo comenzó a fines de los años cincuenta cuando estaba terminando la escuela y la era espacial se inauguraba con el Sputnik soviético, el primer satélite artificial de la historia lanzado en 1957.

Coleccionó las figuritas del álbum “La conquista del espacio” y hasta leería los libros del británico Arthur Clarke “Islas en el cielo” y “Vuelos interplanetarios”, libro este último que fue uno de los primeros que se ocupó de la posibilidad de esos vuelos no como una ficción sino basándose en los misiles V-2 desarrollados por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

Su vocación por la astronomía terminaría concretándose plenamente en la Licenciatura de la Facultad de Humanidad, años de estudio que según sostiene fueron fermentales para su desarrollo académico.

De aquel momento recuerda entre otros a Félix Cernuschi, director del Departamento de Astronomía, por quien debido a su esfuerzo personal se contaba con una biblioteca bastante especializada cuando todavía no existía Internet. Y no se olvida del primitivo radiotelescopio del Aeropuerto Nacional de Carrasco, gracias al cual obtuvo su primer trabajo remunerado.

Su trayectoria no tendría pausa, en 1968 ingresó por concurso de oposición y méritos como docente de astronomía en Enseñanza Secundaria, mientras que en 1970 fue ayudante en el Departamento de Astronomía y Física.

Destituido por la dictadura en 1976 de su cargo docente en la Universidad, tres años después viajó becado a España, país en el que permaneció casi un año en el Observatorio Astronómico de Madrid. Allí realizó lo que afirma que fue uno de sus trabajos más importantes, un modelo que predecía la existencia de un cinturón de objetos transneptunianos fuente de un grupo de cometas observados denominados cometas de la familia Júpiter.

En 1980 fue aceptado por el Instituto Max-Planck de Alemania, hasta que en 1983 terminó su estadía europea luego de casi cinco años en España, Alemania y un breve pasaje por Italia.

En Uruguay existía todavía la dictadura por lo que aceptó el cargo de profesor visitante en el Observatorio de Valongo de la Universidad Federal de Río de Janeiro. Por fin, ya de regreso al Uruguay se incorporó a la Facultad de Humanidades y Ciencias (llamada de Ciencias desde 1990).

Según sus propias palabras, su estadía en el exterior fue la etapa más productiva de su actividad científica. Sus líneas de investigación se concentraron en la formación del sistema solar y en particular en los objetos residuales que quedaron después de la formación de los planetas, esto es, en los cometas, asteroides y objetos transneptunianos. En eso ha seguido trabajando hasta el presente.

Fue decano de la Facultad de Ciencias en dos períodos, un interinato entre 2005 y 2006 y luego un mandato completo entero hasta 2010.

La Unión Astronómica Internacional se reúne cada tres años en diferentes países, en 2006 resolvió reunirse en Praga. Siendo decano asistió con Gonzalo Tancredi, su colega del Departamento de Astronomía. Fue en aquella ciudad que supo que una comisión ad hoc había trabajado en una nueva definición de planeta que contaba con el visto bueno del comité ejecutivo de la UAI. Esa definición –técnica por excelencia por lo cual no es el momento de explicarla, basta decir que Plutón y Caronte pasaban a constituir un paneta doble- no convenció ni a Fernández ni a Tancredi.

Ambos se pusieron a trabajar apresuradamente y presentaron una propuesta alternativa de la definición de planeta, más restrictiva de la que iba a aprobar la UAI. La propuesta en simples palabras sostenía que un planeta no podía ser parte de una población numerosa de objetos, como son los asteroides o los objetos transneptunianos, por lo que calificaban como planetas a los ocho clásicos, dejando de lado a Ceres, Plutón, Caronte y Eris.

La propuesta fue aprobada por un amplísimo margen, es decir, alrededor de los dos tercios de votos.

La repercusión que tuvo la noticia fue inmediata, se les llamó “los astrónomos que degradaron a Plutón”. La conclusión de Fernández es alentadora: “trabajando desde países periféricos es difícil participar en la construcción del relato científico, pero la lección que hemos aprendido es que con argumentos y decisión es posible tener incidencia.”

Desde 1999, Fernández es miembro del Comité de Documentación de Cuerpos Menores de la UAI, cuerpo integrado por quince prestigiosos astrónomos de distintos países cuya misión es evaluar la pertinencia de propuestas de nombres para asteroides. Y como si fuera poco después fue elegido como miembro extranjero de la Academia de Ciencias de Estados Unidos.

En este año la Universidad de la República le otorgó el título de Doctor Honoris Causa. Fernández ha dicho que su forma de sentir la vida es simplemente darle un propósito, pero agregó que siempre tuvo la aspiración de hacer ciencia de calidad a nivel internacional y cumplir con una vocación de servicio. Lo cumplió con creces.