Inclusión y realismo en la ficción

Por: Oscar Larroca

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10/12/2018 07:15

Publicado: 10/12/2018 07:15

Opina Oscar Larroca*

En Estados unidos existen asociaciones de gordos (“personas con Índice de Masa Corporal mayor a la media”), de enanos (“personas con acondroplasia” o “estatura inferior a la media”), de sordomudos (“no parlantes”), de ciegos (“no videntes”), sin contar otros colectivos de adscripción compartimentados por pigmento epidérmico, etnia, género, preferencia sexuales, gustos o perversiones (hasta hace unos años existía una “Asociación de adoradores de mujeres obesas”; AWOW, por sus siglas en inglés).

Algunos de estos colectivos (sobre todo el de gordos y enanos) aterrizaron en Hollywood para pedir a la industria del cine que incluya, para la elaboración de sus personajes de ficción, la diversidad racial, antropomórfica y sexual. Hay seriales para adolescentes como Popular (cuyo autor es Ryan Murphy, el libretista de Glee) en la que sus personajes son negros, coreanos, indios, latinos y descendientes de las tribus nativas de Norteamérica. También hay una cuota para adolescentes petisos (Zoey 101, Nickelodeon) y otra para individuos transexuales. En Argentina, los libretistas de 100 días para enamorarse bajan línea sobre la ideología de género y los conflictos correspondientes que serán superados por los personajes con mayor empatía.

En los últimos días, la señal Fox Premium anunció el comienzo de Pose, la primera serie subtitulada al español con lenguaje inclusivo (“nosotres”, “estimades amigues”, etcétera). Un producto que cuenta con el reparto LGBTTQC más grande que se haya hecho hasta el momento.

Quienes se oponen al lenguaje inclusivo y arguyen razones fundadas en la lingüística, son vistos como sujetos antipáticos y proclives a ser calificados poco menos que de fascistas. Esta condena se viene instalando a una velocidad vertiginosa, razón por la cual muchos ciudadanos (docentes, estudiantes, periodistas, etc. ) callan su juicio crítico para no ser incriminados por estar en “ el lado incorrecto de la historia”.

Respecto a la diversidad, en lo personal nunca me pareció esquiva la idea de ver en una serie de animación (Cartoons) una princesa negra o un caballero “latino”. Es una interrogante que llegué a plantearme siendo un niño: mi respuesta fue (y lo sigue siendo) que lo hubiera aceptado y disfrutado sin problema alguno. Sin embargo, pienso que esas versiones que no llegué a ver durante mi infancia, no hubieran colaborado en absoluto con mi formación para ser un sujeto racista o carente de racismo. Asimismo, debo entender que la mayoría de los cuentos populares infantiles provienen de la cultura blanca europea (Charles Perrault, 1628-1703; Jacob Grimm, 1785-1863 y Wilhelm Grimm 1786-1859). Y si bien son bienvenidas las adaptaciones, estas no deberían caer en el ridículo de presentar una versión femenina de El Principito (Antoine de Saint-Exupéry) en la cual la boa (femenina) que se comía al elefante en el comienzo de la obra original, es sustituida por un volcán (masculino).

Con respecto a la “visibilización de la diversidad”, esta no pasa por llevar a la ficción un personaje de cada etnia, género, cultura o talla corporal. “La realidad en el cine está sobrevalorada”, explica el cineasta galés Peter Greenaway. La literalidad es patrimonio de la realidad (o de una parte de ella) pero no es un atributo de la ficción. El guionista de comics, Frank Miller sentenció: “Los superhéroes se han vuelto cada vez más ridículos cuanto más pegadas a la tierra se han vuelto sus vidas”.

Así, la cercanía con lo real (el Batman del cineasta Christopher Nolan patrulla una ciudad exactamente igual a la transitada por los consumidores del film) aleja el disfrute que se puede experimentar con la ficción (la metrópoli de cartón pintado de Tim Burton en su Batman de 1989). Siguiendo con el razonamiento de Miller, no es descabellado indicar que el Guasón de César Romero es menos ridículo que el Guasón de Heath Ledger.

A su vez, el pasaje de ficción a realismo en Romero ocurre a una distancia “realidad-ficción” mayor que en el Guasón de Jack Nicholson. En Ledger ese pasaje ya no existe: como la literalidad desplazó a la ficción, su versión del Guasón es ridícula porque es “creíble y humana”. Precisamente, esa cercanía con lo real ha provocado que algunos espectadores confundan simulacro con realismo, ficción con literalidad y humor con blasfemia: hace algunas semanas un grupo de jóvenes estadounidenses exigió a las autoridades de FOX y a los guionistas de la serie animada Los Simspons, a que suprimieran al personaje “Apu” por considerarlo un estereotipo ofensivo hacia la raza india.

La idea de ficción, que madura en Europa con la eclosión de la novela, se ha enfermado en el siglo XXI de resentimiento y de incomprensión, lo cual atenta contra su razón de existencia. En la actualidad, si esa ficción lucha por su libertad (aún en el debido marco del respeto y de lo que se supone se entiende por humor y estereotipo), el género deberá enfrentarse al ostracismo y a la condena más ostensible.

“El tango no ha ofrecido una imagen de mujer autónoma y de avanzada, sino que tiene un claro componente machista y paternalista en sus letras; pero queremos otro tango”, reclamó una senadora uruguaya hace un tiempo, volviendo a confundir testimonio histórico genuino con ofensa y culpa social.

En suma: al tiempo que se reclama una presencia por cuotas, se exige que se prohíba la cuota correspondiente cuando el personaje no coincide con los modelos establecidos por la corrección política. Mal futuro se le augura al arte y a los artistas si la única vara de medición es la ofensa, que será colocada en un punto impreciso dictado por los propios ofendidos.

*Oscar Larroca es artista plástico, profesor y ensayista.