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El cosquilleo intestinal que salvó al mundo

Publicado: 28/05/2018 09:37

Opina Dr. Gregorio Iraola*

Lunes 6 de agosto de 1945, 08:15 AM, Hiroshima, Japón. Hace tan solo unos segundos el comandante Paul Tibbets sobrevoló la ciudad en un bombardero B-29 dejando caer una bomba atómica de 16 kilotones —sarcásticamente llamada Little Boy— que destruyó la ciudad por completo matando cerca de 100.000 civiles. Este hecho, tal vez el más significativo de la Segunda Guerra Mundial, desencadenó el proceso de rendición del imperio japonés de Hirohito que pondría fin al conflicto bélico más sangriento en la historia de la humanidad. Sin embargo, al mismo tiempo esto sería el caldo fermental de la Guerra Fría, el período de mayor tensión geopolítica y polarización socioeconómica jamás vivido que puso al mundo varias veces al borde del apocalipsis atómico.

Lunes 6 de agosto de 1945, 08:15 AM, pero en Vladivostok, un rincón apartado en el extremo oriente de la Unión Soviética. Un niño de seis años llamado Stanislav camina hacia la escuela cuando repentinamente observa un leve destello violáceo en el cielo; a tan solo unos 900 kilómetros de distancia hacia el sureste ese haz de luz emergió como testigo de un hongo radiactivo de dimensiones descomunales, que acaba de transformar a Hiroshima en basura nuclear. Stanislav terminó la escuela e ingresó al ejército soviético mientras la Guerra Fría se parecía a una olla a presión a punto de explotar. Aunque mientras transcurría aquella tensa calma el destino le preparaba un papel protagónico en la historia universal.

El Incidente del Equinoccio de Otoño

Lunes 26 de setiembre de 1983, minutos pasada la medianoche. Los oficiales soviéticos se aprontan para su turno nocturno en la base ultrasecreta Serpukhov-15, un puesto de control y alerta temprana de misiles balísticos al sur de Moscú. Su comandante, el teniente coronel Stanislav Petrov —ese niño nacido en Vladivostok hace 44 años— se prepara para lo que seguramente será otra vigilancia de rutina. Sin embargo, casi inmediatamente el rugir de las sirenas irrumpe intempestivamente en toda la sala cuyas consolas comienzan a emitir luces y mensajes de alarma indicando un ataque nuclear.

Stanislav es un militar experimentado pero ni siquiera eso lo ha preparado para soportar la ansiedad, el miedo y la presión de enfrentar una crisis de tal magnitud. Los sistemas indican que el satélite de observación Mólniya detectó el lanzamiento de un misil balístico cargado con una ojiva nuclear desde los Estados Unidos; segundos más tarde el sistema alerta de otros cuatro misiles con dirección a territorio soviético. Se oían gritos por todos lados y las consolas titilaban sin parar. Stanislav tenía que tomar la decisión de accionar el procedimiento de contraataque que lanzaría decenas de misiles soviéticos contra territorio estadounidense en cuestión de segundos.

"Todo lo que tenía que hacer era tomar el teléfono y llamar por la línea directa a nuestros altos mandos, pero tenía un presentimiento de que aquella alarma era falsa, un sensación de cosquilleo en mi intestino que me indicó que una guerra no se inicia solo con cinco misiles”, declaró Petrov más adelante.

Este acto visceral y de extrema valentía salvó al mundo, ya que por cierto, la alarma era falsa. Cuatro meses después la investigación concluyó la causa: la línea entre el día y la noche se encontraba en ese momento sobre Estados Unidos, era el equinoccio de otoño y el ángulo del sol al ponerse hizo que sus rayos incidieran sobre la parte superior de las nubes de tal forma que se desviaron hacia la órbita del satélite soviético, el cual interpretó la señal como el lanzamiento de un misil. Un evento extremadamente raro que, de no ser por el “cosquilleo intestinal” de Petrov, hubiese desencadenado una guerra nuclear.

El eje microbiota-intestino-cerebro

¿Qué podemos saber hoy acerca de lo que pasó por la cabeza de Petrov en ese instante? Ciertamente poco, aunque la comprensión de nuestra fisiología y la interacción con lo que nos rodea ha avanzando muy significativamente desde entonces. Hoy sabemos que nuestro cuerpo no esta compuesto solamente por millones de células humanas, sino que también estamos recubiertos por el mismo número de bacterias, a las cuales en su conjunto denominamos microbiota.

La microbiota es imprescindible para mantener nuestro cuerpo funcionando correctamente, ya que sin ella nuestro sistema inmunológico no sabría como reaccionar ante las infecciones o nuestro sistema digestivo no podría asimilar el combo que me comí ayer en la casa del payaso Ronald. De hecho, hoy sabemos que la composición de nuestra microbiota intestinal determina el riesgo de obesidad o incluso influencia la eficacia de algunas quimioterapias contra el cáncer. Claramente Petrov no estaba al tanto del fascinante mundo bacteriano que nos recubre como un traje de neopreno, pero increíblemente su microbiota pudo haber influido en el instante más importante de su vida, cuando esa sensación de “cosquilleo intestinal” lo llevó a no levantar el teléfono.

Hoy sabemos que el “cosquilleo intestinal” o el famoso “nudo en el estómago” son reacciones de nuestro organismo ante distintos estímulos provocados por la alegría, la angustia o el miedo. Desde hace siglos sabemos que el cerebro y el intestino están físicamente conectados por el nervio vago, a través del cual el sistema nervioso controla procesos fundamentales como una entrañable despedida a los amigos del interior.

Sin embargo, hace mucho menos tiempo comenzamos a descubrir que las bacterias de nuestro intestino pueden comunicarse con el sistema nervioso e influenciar nuestro comportamiento. Entonces, ¿es posible que mientras les cuento esto mi microbiota esté influyendo en mis ideas? Lo cierto es que no, o al menos no en parte. La cosa va por otro lado, las moléculas que mis bacterias producen pueden viajar a través del nervio vago y tener un efecto modulador en mi sistema nervioso central; y ponerme más o menos ansioso, más o menos deprimido, estresarme o tranquilizarme.

Tal vez Petrov tuvo las bacterias adecuadas en el momento adecuado y eso contribuyó a que, ante la desesperación del resto, tuvo unos segundos de tranquilidad para pensar y ejecutar la mejor decisión. En un futuro cercano compraremos en la farmacia una cápsula de bacterias que reduzca el estrés y nos “aclare el entendimiento” antes de dar un examen, o antes de bombardear una ciudad: parece ciencia ficción, pero es solo ciencia.

*Gregorio Iraola es Doctor en Biología. Investigador Adjunto de la Unidad de Bioinformática del Institut Pasteur de Montevideo.