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The Post: todavía peleamos

Publicado: 12/02/2018 14:53

Opina Leonardo Haberkorn*

En 1971 se filtraron documentos oficiales que mostraban que el gobierno de Estados Unidos llevaba décadas mintiéndole a la opinión pública sobre la guerra de Vietnam.

Parte de esos papeles llegaron primero al diario The New York Times, que publicó un extracto. Lejos de minimizar el hallazgo de su rival (como suele hacerse acá), The Washington Post redobló esfuerzos por hacerse de todos los documentos y publicarlos en extenso, a pesar de la presión del gobierno y de algunos jueces por silenciar el caso.

Esa es la historia que cuenta la película The Post, protagonizada por Meryl Streep, en el papel de Katherine Graham, dueña del Washington Post, y por Tom Hanks, en el papel de Ben Bradlee, su director periodístico.

Es una gran película que emociona a cualquier periodista con sangre en las venas, imprescindible en estos tiempos en los que muchos medios de prensa han olvidado cuál es su verdadera razón de existir y andan por allí, como espectros, entregados a buscar clicks con pedorreces virales.

The Post también es imprescindible en estos tiempos en los que tantos gobernantes, funcionarios, políticos y militantes rentados están entregados día a día a una crítica demoledora de la prensa, a denostarla y menoscabarla en cada oportunidad, no porque quieran un mejor periodismo, sino porque quieren un mundo sin periodismo, sin prensa, sueñan afiebrados con un realidad en la que solo su voz repique, amplificada por sus agencias de publicidad y propaganda.

Es imprescindible, además, en estos tiempos que en el discurso posmoderno ha equiparado verdad y mentira como meras “construcciones” y “relatos”.
La película es una inyección de optimismo y un mensaje para los enemigos de la prensa: la tarea no les será fácil.

No les será fácil a los cínicos que buscan reducir al periodismo al mero entretenimiento, rebajando contenidos, mensajes y audiencias. Tampoco les será fácil a los que buscan amordazar a la prensa y someter a la sociedad a su discurso único e incuestionable, casi siempre enmascarados en la supuesta defensa de la moral, la ética y el amor al pueblo.

No son buenos tiempos para el periodismo, es cierto. La era de oro que retrata The Post quizás nunca vuelva. La crisis económica se ha ensañado con la prensa y los medios aún no han encontrado el modo de adaptar sus cuentas a las nuevas tecnologías. El periodismo, además, está pagando caro sus propios errores: sensacionalismo, superficialidad, falta de rigor, autocensura, embanderarse con partidos, gobiernos o grupos económicos. Y los buscadores de clicks están minando el prestigio que va quedando.

Como si fueran pocas calamidades, a todo esto hay que sumarle la permanente diatriba, la propaganda en contra de gobiernos enteros y todo su ejército de amanuenses.

El resultado de todas estas fuerzas adversas y simultáneas es devastador. El periodismo hoy está rodeado y, en más de un frente, se bate en retirada.

Pero la batalla aún no termina. La bandera blanca no la levantó nadie: hay una historia; hay una mística; las armas son las mismas de siempre. La misión -la única que puede salvar al periodismo- todavía no ha sido olvidada.

El periodismo tiene que ir detrás de las historias importantes.

Tiene que ir detrás de los hechos y sacar a la luz la verdad ocultada por el doble discurso, los embustes y los engaños de los poderosos políticos o económicos.

El periodismo, como se dice en The Post, debe servir a los gobernados y no a los gobernantes.

Nunca van a faltar periodistas que levanten estas banderas.

Por eso los cínicos, los corruptos y los mentirosos siempre ven a la prensa como su enemigo.

Tienen razón.

Lo somos.

*Leonardo Haberkorn es periodista y escritor