La muerte de Valentina: la primera condena por femicidio de Uruguay

Por: Leonel García
Publicado: 25/05/2018 15:00
La muerte de Valentina: la primera condena por femicidio de Uruguay

"Yo le prometí a la jueza que la prueba iba a hablar por sí sola", dijo la fiscal. Y cumplió, con la ayuda de tres expertas en el tema.

La condena a 45 años por la violación y muerte de una niña en Rivera no solo es el corolario de un episodio policial espeluznante. Es también un antes y un después en la historia de la jurisprudencia uruguaya. Es la primera vez, desde que el Parlamento convirtió en ley al femicidio, en octubre del año pasado, que este elemento agravante de los homicidios queda estampado en una sentencia, luego de un juicio oral y público.

Lo ocurrido el jueves en el Juzgado Letrado de 7° Instancia de Rivera, a cargo de la magistrada María Sol Bellomo, bien puede ser considerado histórico. “Es una sentencia judicial que recoge la mirada de género en un caso de violencia sexual. Y el hecho que una jueza aporte esa perspectiva es central para
resolver estos casos”, le dijo a ECOS la licenciada en Trabajo Social y magister en Políticas Públicas de Igualdad, Andrea Tuana, directora de la ONG El Paso e integrante de la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual. Ella, además, fue una de las tres peritos convocadas por la fiscal Verónica Bujarín para dar su perspectiva de género por este episodio.
Que una jueza haya aportado la perspectiva de género es central para resolver estos casos.

Las otras dos fueron las abogadas Marina Morelli y Diana González Perrett, ambas especializadas en violencia de género.

“Es fundamental que el Estado haya reconocido que la desigualdad de género está en la base de la generación de estos crímenes. Que es una desigualdad que produce odio y misoginia, las bases a su vez de los femicidios”, agregó Tuana.

“Es muy importante que las tres se hayan tomado el trabajo de leer todo lo que hizo esta Fiscalía”, señaló a este portal la fiscal Bujarín, quien pidió para los dos imputados, Jefferson Cunha (22) y Juan Manuel de los Santos (23) la pena máxima posible prevista en la legislación uruguaya: 30 años de cárcel más otros 15 de medidas de seguridad eliminativas. Esto, como respectivamente autor y coautor de un homicidio muy especialmente agravado por sevicia, por haber sido cometido para tapar un delito previo (la violación) y por femicidio.

“El objetivo que teníamos era ver si esto se podía encuadrar en un caso de femicidio, algo que aún no se había visto en la Justicia uruguaya. Y las tres (peritos) determinaron en forma unánime y categórica que sí lo era”, indicó Bujarín. “Y eso se refleja de las propias declaraciones de los imputados al hablar de la niña: ‘ella se lo merecía’, ‘las mujeres están para eso’, ‘se ve que andaba buscando eso’. Quedó patente la concepción de ver a la mujer como objeto de satisfacción y desecho”.

La víctima, la niña, se llamaba Johana Valentina Walter y cumplía nueve años el día que fue violada y asesinada, el 12 de noviembre de 2017, en las afueras de Rivera, poco más de un mes después que 500 kilómetros al sur, el Parlamento votaba porque el femicidio fuera un agravante. Los registros de las reconstrucciones, de las declaraciones de Cunha y De los Santos y del material presente en el dictamen de la fiscal y en la resolución de la jueza Bellomo son absolutamente espeluznantes. Asusta.

Frialdad y crueldad

Asusta, por caso, la crueldad y frialdad de los ahora sentenciados. Cunha, que era vecino de Johanna y de su familia, le dijo a la madre desesperada, Tatiana Ferreira, que había visto a la pequeña ingresar al monte ubicado en una zona boscosa y agreste en las afueras de Rivera llamada La Pedrera, una zona carenciada. De los Santos, por su parte, también colaboraba en la búsqueda, aportando un palo y su perro, pero dirigiendo a los voluntarios por lugares distintos de donde ambos habían dejado a la niña.

El 12 de noviembre de 2017, a eso de las 17 horas, Johana Valentina, que estaba cumpliendo nueve años, había sido enviada por su madre a buscar a su hermano menor. En el camino se encontró con Cunha, un vecino conocido. Mediante engaños, él la llevó al lugar donde decía estaba el niño, un barranco pedregoso. Ya se había unido De los Santos a ellos. Fue ahí donde el primero la violó y luego mató, golpeándole la cabeza con piedras; el segundo colaboró sujetándola.

A la fiscal Bujarín, que es madre de un niño de la misma edad de Valentina, se le hizo muy difícil por momentos seguir adelante con su tarea, pero la cumplió. “Yo le prometí a la jueza que la prueba iba a hablar por sí sola”, dijo. Y lo logró.

Los matadores no veían a una niña pequeña. Muy cruel paradoja: en el texto del fallo judicial, Cunha dice que no quiso besar a su víctima porque era “una gurisa chiquita”. Eso no fue impedimento para que la violara y asesinara.

Luego de matarla, tapar el cuerpo con piedras y juramentarse mutuamente que en caso de ser capturados no incriminarían al otro, se fueron para su casa. Cunha se puso a mirar televisión y a jugar con el celular.

De los Santos aseguró que no violó a la niña. “Yo prefiero estar con una yegua que con una criatura”, dijo ante las autoridades. Pero no hizo nada por evitar el peor desenlace.

Ambos participaron en la búsqueda desesperada de la pequeña. Sin embargo, el 15 de noviembre, el mismo día en que apareció el cuerpo de la pequeña, Cunha llamó la atención de los investigadores por estar tirado en una playera frente a su casa, escuchando música a todo volumen, ajeno a todo el movimiento de sus vecinos. Ese mismo día, en un momento, dijo que había encontrado al cuerpo de la niña gracias a sus perros. Un policía que luego testificó señaló lo evidente: era tan inaccesible el lugar del hallazgo que solo quien había tenido algo que ver lo podía haber detectado.

"La culpa es de ella", de una niña

La sevicia, los “sufrimientos innecesarios” padecidos por la víctima antes de morir, así como el hecho de haber sido cometido para tapar una violación, surgieron de la autopsia y de las confesiones de los homicidas. El femicidio se probó con los informes de las peritos. Esa también fue una prueba que habló.
Tuana afirmó que los imputados “reflejan una concepción cultural machista, donde se ubica a las mujeres como objeto de propiedad y dominación de los varones, justificando el abuso sexual y culpabilizando a las víctimas por estas situaciones”, según reza en el fallo.
El abuso sexual se justifica y la culpa es proyectada hacia las víctimas, así sean niñas con físico y ropa de niñas.

Morrelli, por su lado, también reafirmó estos conceptos. La muerte de Valentina “estuvo dominada por la idea de cosificación de ésta, considerándola una cosa u objeto destinado a una satisfacción concreta y a su desecho posterior”. La culpabilización está presente en la declaración de uno de ellos, para lo cual “el trato brindado a una yegua podría ser mejor” que el que esta niña merecía, indica la resolución.

Con particular dureza, la abogada González Perrett indicó que en la estructura mental de los asesinos se “culpabiliza a la niña en base a su historia como víctima de abuso sexual previo y su forma de vestir”.

Para Tuana, esto resultó en este caso particularmente difícil de digerir. “Estos argumentos –‘qué querés, mirá cómo estaba vestida, está provocando’- son comunes en casos de adolescentes o adultas, lo que aun así es intolerable. Pero acá estamos hablando de una niña…”, comentó a ECOS.

Cuando De los Santos describió físicamente a la niña, dijo que parecía de 15 años. Pero la autopsia no dejaba dudas: era una niña con cuerpo de niña. Y vestía una vincha con orejas de gatito en el momento fatal.

Para Cunha, toda mujer que denotaba un interés sexual no era sino una prostituta. Dijo que no le gustaban “las mujeres libres”. Prefería a ellas a quienes “no le dejan salir y hacen el trabajo de la casa”, según el fallo de la jueza Bellomo. Según la pericia psicológica que se le practicó, tenía perturbación y conflicto interno en el contacto con las mujeres, con una concepción de la sexualidad y de su ejercicio “con características de violencia”.

De los Santos, por su parte, quien manifestó que nunca había estado con mujeres, tenía características paranoicas, esquizoides y perversas, tenía un “yo débil” y nada de empatía.

En todo caso, ambos eran capaces de darse cuenta de lo que estaban haciendo, se indica en el fallo de Bellomo.

Ambos escucharon el fallo de la magistrada en silencio, cabizbajos, sin casi reaccionar, según dijo a ECOS el abogado Fernando Araújo, patrocinante de la familia de la pequeña.

“Esto es un antes y un después por dos razones. Para Rivera, porque es una sentencia de condena en una ciudad que estaba muy sensibilizada por varios casos de violencia que habían quedado impunes”, indicó Araújo.

El abogado refiere a las muertes de Daniela Olivares (1993), Sheila López (1997) y Camila Chagas (1998) y la nunca aclarada desaparición de Karina Martínez (1997), todas heridas abiertas para esta sociedad del norte.

“Y además, es la primera condena por femicidio. Y es la máxima condena posible en el país, un antecedente importante, un aviso para los que no meditan sobre sus acciones”, concluyó el abogado.