Suicidio: muerte que no se habla y mata a un uruguayo cada 14 horas

Por: Leonel García
Publicado: 17/07/2017 08:45
Suicidio: muerte que no se habla y mata a un uruguayo cada 14 horas
PIXABAY

Día Nacional de la Prevención del Suicidio: en Uruguay casi que triplica los homicidios.

Son, supongamos, las ocho de la mañana. Entre este momento y las diez de la noche una persona se va a suicidar en Uruguay. En la última década por cada persona asesinada hay entre dos y tres que se autoeliminan, también han sido más las víctimas por esta causa que por los accidentes de tránsito. Una persona se suicida cada catorce horas como promedio en los últimos veinte años.

Y hay cuatro veces más posibilidades que en estas horas esa persona sea hombre que mujer. En más de un 60% de los casos, el método empleado será el ahorcamiento. Si bien se ha registrado un incremento sostenido entre los 10 y los 24 años, es mucho más probable que tenga más de 45 años que menos. Y una persona separada es más propensa a quitarse la vida que una en pareja. Y en un 28% de los casos dejará una nota explicando la situación.

Así lo revela el libro “70 años del suicidio en Uruguay”, un trabajo multidisciplinario de la Universidad de la República presentado este mes.

“El hombre no sabe estar solo, aparentemente”, le dice a ECOS el sociólogo Pablo Hein, uno de los autores de este trabajo, que busca visibilizar un tema, aún tabú, al que califica como “la causa más importante de muerte externa del país”.

También se quieren derribar mitos. No es cierto que un hombre sobrelleve mejor una separación o divorcio, tampoco es cierto que la grisura invernal lleve más al suicidio que otras épocas: los casos aumentan en noviembre y diciembre. Tampoco es cierto que el que avisa o anuncia no termina concretando. “Siempre hay un intento de autoeliminación anterior”.

Según Hein, por cada suicidio consumado hay en promedio unos siete intentos de autoeliminación. La mujer lo intenta más que el hombre, añade. El hombre concreta más.

Uruguayos campeones silenciosos

El pico histórico fue en 2002, con la crisis: la tasa de suicidios en Uruguay fue de 20,6 cada 100 mil habitantes. Pero 2015, el último año con datos cerrados, no fue mucho mejor: 19,6 cada 100 mil. Y si, como determina el sociólogo Pablo Hein, uno de los autores de este trabajo, hay un subregistro de 9% en estos casos en el Ministerio de Salud Pública (los datos oficiales) respecto a los del Ministerio del Interior (quienes primero intervienen en estos casos), se le podría agregar 1,09 puntos más.
En 2002, en la crisis, se llegó a una tasa pico de 20,6 cada 100 mil personas; en 2015 no fue mucho mejor: 19,6.

Como sea, Uruguay le pelea a Cuba el ser el país con mayor tasa de suicidio en América Latina, subraya Hein, parte del grupo de Comprensión y Prevención de Conducta Suicida, un grupo multidisciplinario de la Universidad de la República presente en distintas facultades: Ciencias Sociales, Medicina, Humanidades, Ciencias de la Educación y Psicología. Ese grupo publicó una Guía de Prevención de estas conductas en 2012; ahora compiló una serie de artículos temáticos al alcance de todo el mundo.

El objetivo buscado es revertir lo que siempre ha pasado con el suicidio, condenado a estar bajo un manto de silencio, limitado al sufrimiento de una familia y su entorno. Como si fuera un estigma.

“Te tiro tres datos, aproximados, de 2015: 570, 240 y 500. Son las víctimas fatales por suicidio, homicidio y accidentes de tránsito. Si le pregunto a cualquiera cuál es el número más grande, te aseguro que nadie te responde que es el suicidio”, asegura Hein. Y expresa, medio resignado, medio irónico, medio fastidiado, que a diferencia del tránsito y la inseguridad, nadie habla del suicidio en Uruguay.

Las campañas de prevención en el tránsito son constantes, las noticias de los asesinatos abren los noticieros, “pero el suicidio es la más importante de las tres causas externas de muerte y no se habla, no se combate”. Y enseguida se pregunta: “¿Qué le cuesta a Uruguay poner un psicólogo o un trabajador social a cada familia donde hubo un suicidio? ¿A su comunidad?”.

Honor y razón

La doctora Silvia Peláez dirige desde hace 28 años la ONG Último Recurso. Su primera línea de combate es una línea telefónica (0800 8483, 095 738483) en la que se reciben diez llamadas a diario de gente desesperada, pidiendo ayuda para ellos o sus seres queridos.

“Llaman más las mujeres, ya sea por problemas de ellas como de los hombres con las que están vinculados, sean su marido o sus hijos”, expresa Peláez. Ellas se comunicarán más, pero, como Hein, sabe que los hombres son los que más se matan. “Y a cuanto más años, más riesgo”.

Es democrático el suicidio: atraviesa todos los grupos sociales. Quizá haya un leve desamparo más pronunciado en las clases más vulnerables, pero basta que la economía tiemble para que la clase media se vea más afectada, como quedó registrado en 2002. Y si bien no hay una causa determinada, suele haber una pérdida en el trasfondo de todo suicida.

“En muchos casos, se habla de la pérdida del honor”, dice Peláez. Esto es muy frecuente entre la población masculina. “La sociedad le impone al hombre que perder el trabajo o que su pareja lo abandone, lesiona su honor, lo pone en juego”. En las mujeres, por el contrario, el suicidio es visto como una vía para zafar de la violencia doméstica. En esta ONG tratan de reducir el impulso y luego derivar a una consulta profesional.
La pérdida del trabajo o de la pareja están entre los motivos que más lleva a los hombres a esta deterinación.

En la tercera edad, dice Hein, la soledad es un motivo mucho más fuerte que el económico. Entre los más jóvenes los motivos son más difusos. “Hay una tendencia a cierta insatisfacción, desesperanza que le transmitimos los adultos”. En las adolescentes que se matan, agrega, hay un contexto de abuso sexual dentro el hogar. Por duro que parezca, dice este sociólogo, lejos de estar limitado a los desequilibrios mentales, a la locura, crónica o del momento, puede haber mucho de racional en un suicidio.

“No estoy hablando de estructuras psíquicas débiles. Hay suicidios que, si los mirás fríamente, son racionales. Una joven que no puede canalizar el sufrimiento que tiene dentro del hogar, que no tiene a quien acudir, ¿sería irracional? Un adulto mayor con una enfermedad terminal, que no tiene a nadie… ¿por qué es tan raro que se mate? El colchón social no resistió”, expresó.

Problema social

Los países que frenaron las tasas de suicidio (Francia, Dinamarca, Suecia, Bélgica e incluso España) son los que tuvieron una apertura más grande sobre el tema, sostienen los especialistas. De la misma forma en que la sexualidad y la violencia doméstica salieron el ámbito exclusivamente privado, lo mismo tiene que ocurrir con estas muertes violentas, añade Hein. Para él, como en las situaciones anteriores, debería comenzar a hablarse el tema en el ámbito educativo, capacitando a maestras y profesores.

Hace 30 años que en Uruguay se habla del suicidio solo una vez al año, los países que revirtieron la situación fueron las que se abrieron al tema.

“Uruguay es un país que habla del suicidio solo una vez al año, el 17 de julio, con el Día Nacional de Prevención del Suicidio; en treinta años no se ha hablado del tema”, dice el sociólogo. Tomarlo como un tema exclusivo de la salud mental y no como un problema social, asegura, no hace más que incrementar las tasas. Que solo haya psiquiatras y psicólogos en la Comisión Nacional Honoraria de Prevención del Suicidio, a su criterio, es una muestra de lo limitado del enfoque.

“Si yo fuera (el presidente) Tabaré Vázquez, en esa Comisión yo pondría un licenciado en comunicación o un asistente social”, asegura Hein. El mensaje es claro: comenzar a hablar de un tema tabú, aún en épocas donde la sociedad lleva la muerte a los hospitales (y un suicidio suele cometerse en el hogar) y a sus muertos a cementerios cada vez más alejados de las ciudades. “Vas a ver ahora, el 17 de julio, cuando den las nuevas cifras, que los números aumentaron”, vaticina.