Arotxa: "A mi la facilonga nunca me gustó"

Por: Leonel García

Cinco Sentidos

4/05/2019 08:30

Arotxa: "A mi la facilonga nunca me gustó"

El notable caricaturista presenta "Dibujos al Pepe", su vuelta a la palestra luego de su sonada salida de El País, después de 42 años.

El caricaturista Rodolfo Arotxarena (60), uno de los mayores artistas gráficos que dio el país, volvió al ruedo. Nunca se fue, retrucará en diálogo con ECOS, en su casa en La Blanqueada. Lo cierto es que luego de su salida del diario El País, en noviembre de 2018 tras 42 años de trabajar ahí, una noticia que sacudió al ambiente, no se habían vuelto a tener novedades de su trabajo, más allá de su cuenta en Instagram (arotxadibuja). Ahora regresa con un libro, “Dibujos al Pepe”, con prólogo del propio expresidente José Mujica, y que estará a la venta a partir del martes 7.

Reconocido como uno de los grandes exponentes de la caricatura que dio Uruguay, fue en El País donde dejó plasmado su genio. Sin usar una palabra, a veces con solo un detalle, sus trazos eran todo un análisis de situación política: Jorge Batlle y su brazo arrancado, Hugo Batalla y las consecuencias de demorar una decisión, el Gran Capitán Obdulio y la pelota codiciada por todos, los zapatos rojos de María Julia Muñoz, el bigote (cuando lo usaba) de Raúl Sendic. Por eso, justo en el año del Centenario del diario, su despido -por motivos económicos- causó una enorme conmoción.

Cauto al hablar del tema, a veces elíptico, a veces directo y a veces irónico (como sus dibujos), hoy deja claro que esas heridas, que en algún momento hicieron temer una sangría o al menos una hostilidad grande, ya están comenzando a cauterizar. De ese pasado, de ese presente y de su pasión consistió esta charla en su jardín y en su taller, entre sus dibujos, sus pinturas y su colección de caballos de carrusel.

- ¿En qué ha ocupado su tiempo ahora desde que se fue de El País?

- Yo no me fui, a mí me fueron. No soy un tipo de renunciar a nada. Estoy en la etapa en la que estuve toda mi vida: dibujo. Y cuando quiero pintar, pinto. Sí estoy como en un estado de profilaxis. Siempre estoy observando. Ahora el reloj no es un elemento de presión. Y esto avala lo que yo pensé siempre: ¡es todo muy lento! El mundo funciona a gran velocidad, pero el mundo uruguayo es como una noria reiterativa. Ya se sabe qué va a pasar. Y a los trabajos que ya hice los miro, los reedito, y se ajustan a lo que está pasando.
El mundo funciona a gran velocidad, pero el mundo uruguayo es como una noria reiterativa

- ¿Ha tenido muchas llamadas de los medios para trabajar?

- No tantas como Marta Gularte, pero sí unas cuantas… Estoy en una etapa de mucha tranquilidad, disfrutando de mi tiempo, sin la presión que nos obliga a los que estamos en esto a estar atentos o en alerta de qué pasa. Pero eso que esté más tranquilo no quiere decir que no vea. Ciego no estoy.

- ¿No le gustaría volver al ruedo en breve?

- ¡Siempre estuve! Casualmente, ahora salgo con un libro, “Dibujos al Pepe”, que se presenta el martes 7. Aún no he manejado la posibilidad de trabajar en prensa. Hay algo que puede sonar presuntuoso, pero en todos estos años dibujé todas las administraciones que hubo o a las figuras de los distintos ámbitos. La pasión mía siempre fue muy concreta, siempre me interesó la política y los políticos son fértiles para dar mucho. Entonces, después de haber dibujado tanto y haber estado en un escenario tan importante como el diario El País… Toda mi vida trabajé como profesional, para vivir de esto, luché toda mi vida para evitar el multiempleo. Conozco el camino, ¡soy como Funsa! Entonces, tuve la posibilidad de trabajar en un medio muy importante y en una época muy importante. Ahí me manejé con todas las coyunturas políticas que se dieron.

- ¿Le costó consolidarse?

- Cuando arranqué trabajé para varios medios: Noticias, El Correo de los Viernes, Búsqueda… Y me di cuenta de algo: para poder crecer y para hacer de eso un medio de vida sustentable y de proyección, tenía que focalizarme solo en un lugar. Un día me planté: o me contemplan esto o me voy. ¡Y me iba del Uruguay! Yo siempre tuve luchas, defendí mucho lo que tiene que ver este oficio y con esta cosa formidable que es ganarse la vida dibujando en prensa.

- ¿Costó que le vieran como un periodista?

- Nunca trabajé para que me vieran como tal. Yo no ponía palabras. Lo mío era una columna con imágenes. Yo nunca trabajé para ser visto como un periodista, ya naturalmente veía periodísticamente las cosas. Desde que salgo con los ojos “puestos” para la calle, yo veo qué cosa es nota y qué no, independientemente que eso esté en la agenda o no. Y ese es el problema: los medios pierden mucho tiempo en la agenda instalada y no ven cosas que son notas. Yo no me imagino a la DW (Alemania) o a una cadena de Estados Unidos haciendo un informativo de dos horas de duración, hablando de si hace frío o hace calor.

- ¿Cuándo se da cuenta que ya captó la esencia de un personaje o de una situación?

- No lo sé, no lo puedo precisar. Lo tomo como una cuestión natural. Observo cosas, miro cosas y lo busco plasmar en imágenes. Lo primero que hago es abortar la posibilidad de la palabra. Juego a la simbología y adaptarme a algo muy nuestro que es la picardía uruguaya. Esto tiene algo intrínseco de complicidad, lo tiene que decodificar el lector. En base a eso pasa lo más lindo, que es cuando el lector empieza a crear en su cabeza una cantidad de cosas que él imagina en base a lo que tú le das. ¡Y que a veces no es lo que vos quisiste decir! Yo nunca tuve la capacidad y facilidad de hacer chistes y menos con el humor de prensa… Estoy pensando en un tipo como Peloduro (Julio Suárez), que era un tipo excepcional, completo. Con un tipo de dibujo de época… en lo personal me incliné en un trabajo más Sabbattiano (de Hermenegildo Sábat) que de Suárez, que era más plástico. Lo que más me interesaba era el personaje, descubrir que de una misma persona podés hacer 500 dibujos, es inacabable. No se puede negar que uno dibuja con intencionalidad… el mandato del género es justamente fustigar, mirar con un ojo satírico.

- Dice que el mandato es fustigar…


- Corrijo: es ejercer la sátira incisivamente. Podés ser simpático, lo que no podés ser es blando siendo caricaturista. Solo quedaría al virtuosismo de la técnica. Pero eso está relacionado a la personalidad del caricaturista.

- Hace unos años tuvo un quebranto muy fuerte de salud, ¿cómo está ahora?

- Bien. Más allá de esta situación que me pasó en el diario, que al principio fue una cosa muy dura. El modo en que me rajaron me afectó muchísimo. Del resto, tengo los achaques naturales de un tipo de 60 años. Y sigo revisando los restaurantes, comiendo con mis amigos…
Cuando tú sos un diferencial, eso va de la mano del profesionalismo y una muy buena remuneración

- ¿Sigue dolido? ¿Qué fue lo que pasó en El País?

- Cuando tú sos un diferencial, eso va de la mano del profesionalismo y una muy buena remuneración. Ahora, siempre tuve claro que los asalariados lo único seguro que tenemos es el despido. Eso me lo dijo un gran laboralista. Pero que me dieran la baja en menos de 24 horas luego de dar una respuesta a un planteo que me hicieron me afectó, quedé absorto. Lo que más me afectó es que no se supiese públicamente por qué me rajaron a la sordina. Mucha gente se preguntó si estaba enfermo, si hubo una mala conducta o si había cometido una falta grave.

- ¿Quedó alguna bronca personal con alguien?

- No. Yo soy un trabajador que fui contratado por El País SA y trabajé para El País SA. Las cuestiones personales las dejaba de lado. Pero yo me ocupo de mi cabeza, no la de terceros.

- Pero usted vio pasar muchas redacciones, ¿cambió algo?

- En mí no cambió nada porque siempre hice mi trabajo. Lo que variaba era la temperatura externa. Yo siempre hice lo mismo, observar y dibujar.

- ¿Y en El País?


- A ver… hubo una época formidable donde el diario estaba en manos de gente muy compuesta. Gente que administraba el diario y hablaba con políticos, con actores, con técnicos, con artistas plásticos, con comerciantes, con diplomáticos. Era gente con oficio y que se preocupaba de una cantidad de cosas y que vivían de esa preocupación. Que no se sentaba a dormir en los laureles. Ahora, qué pasa, es una empresa multifamiliar. Ahí hay un tema de base que en mi cabeza funciona completamente distinto. Yo no seguí haciendo lo que hacía mi papá, que era camisero de medida, porque no me interesaba. Eso aunque lo considerara económicamente, aunque tomando las medidas, ayudándolo, aprendiera a mirar a la gente. Y ahí radica la cosa: es muy importante tener la vocación y no ir a la fácil. A mí la facilonga nunca me gustó. Conozco gente a quienes les vino resuelta la vida desde el vamos. Es un poco como la historia de un Uruguay.

- ¿Y ahora cómo está con ese tema?

- En paz. Se arregló todo y no hay rencor.

- ¿Hubo una conciliación judicial?

- Sí.

Orejano


Rodolfo Arotxarena, apellido y carácter vasco, siempre se consideró un orejano. “Un amigo me dijo que yo era igual al viento”. Eso es más mérito, resalta, en un país donde “es muy difícil marcar tu propio aire en los medios y en las empresas”. Supo pelearse fuerte con editores. “No es que fueran mala gente, no entendían lo que yo hacía. Es muy difícil ser respetado por pensar con cabeza propia”. Hay otros que le significan un gran recuerdo: Guillermo Pérez, Alejandro Nogueira, Carlos Ríos, Gonzalo Terra, Julio Marra…

- ¿No extraña el contacto con la gente?

- Lo tengo en Instagram. Es una cosa fabulosa. Y yo siempre soy agradecido con la gente que se ocupa, o que tiene la delicadeza de hablar de mi trabajo. Habiendo tanta cosa que hacer, estos se ocupan de un señor que hace un dibujo que de pronto no es de su agrado.
Podés ser simpático, lo que no podés ser es blando siendo caricaturista.

- ¿Qué piensa que usted logra con su obra? ¿Informa, editorializa, provoca risa, bronca?

- Me ocupo de lo mío porque me meto adentro mío. ¿Qué es lo que pasa en la cabeza de terceros? Ya tengo bastante con lo que tengo en la mía como para ocuparme de lo que piensan otros.

Mujica les ganó a todos


“Dibujos al Pepe”, editado por Gota, se compone de más de 90 ilustraciones del expresidente José Mujica, algunos inéditos aunque la mayoría publicados entre 1994 y 2017, a lo largo de 156 páginas. También es una muestra de la evolución del personaje político, desde su irrupción como un dirigente tupamaro que llegó al Parlamento hasta su llegada a la Presidencia y su administración.

“Lo extraordinario en el caso Mujica es que se trata de un guerrillero que en su momento se levantó en armas contra la democracia devino en presidente de la República electo por el pueblo. Eso habla de un tipo que no es común. Mujica no es un tipo común”, dice Rodolfo Arotxarena.

Mujica, a caballo de la globalización, también es un fenómeno mundial.

Haciendo un paralelismo con el fútbol, Arotxa señala “los estragos” que en su momento hicieron en Italia grandes jugadores como Alcides Gigghia y Juan Alberto Schiaffino, siendo menos conocidos en su momento en el orbe que lo que pasa hoy con los contemporáneos Luis Suárez y Edinson Cavani, que el Planeta Pelota ha convertido en fenómenos globales. “Aún así, no he visto de ellos los libros y las películas que le han dedicado a Mujica, ¡Mujica les ganó a todos! Esto va más allá de ser simpatizante o no de él, yo no le hago una oda. En la historia del Uruguay, Mujica fue el presidente de mayor renombre internacional. Yo como dibujante y caricaturista lo veo, el humor que maneja Mujica no es común. Es como el que manejaba Jorge Batlle, que decía lo que visceralmente le venía en la cabeza. Jamás se ocuparon de los dibujos que yo hacía, nunca me mandaron a un ‘influyente’ que me llamara por teléfono. No se preocuparon de lo que yo hacía, tenían cosas más importantes que hacer”.

- ¿Los otros presidentes sí lo hicieron?

- Cada uno sabe… la inteligencia que tenía Jorge Batlle, que ahora se la están reconociendo después de muerto, y la espontaneidad y esa cosa única de Mujica, que llegó a la raíz popular… ¡Vamos a decir las cosas como son! Cualquier político quiere tener eso, pero no es para cualquiera. ¿Y dónde está el nexo entre lo que él hace y lo que yo hago? El político quiere perpetuar su imagen y el artista su obra.

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