"22 de julio": cómo Noruega le hizo frente al terrorismo en 2011

Por: Jorge Sarasola
Publicado: 28/10/2018 07:42
"22 de julio": cómo Noruega le hizo frente al terrorismo en 2011

Una nueva película de Netflix dramatiza el mayor ataque terrorista que sufrió Noruega en la memoria reciente y explora sus repercusiones.

El 22 de julio de 2011 Anders Breivik plantó una bomba cerca de las oficinas del gobierno que le quitó la vida a ocho personas y desató el caos generalizado en Oslo. Mientras los servicios de emergencia hacían frente al shock propio de una ciudad colapsada, Breivik, utilizando un uniforme policial falso, se dirigió a la isla de Utoya donde adolescentes pertenecientes al ala juvenil del Partido Laborista participaban de un campamento de verano. Allí asesinó a 69 jóvenes antes de ser capturado por la policía.

En la producción de Netflix sobre este fatídico día, del director británico Paul Greengrass, el atentado toma sólo la primera media hora de la película. Las siguientes dos horas siguen el juicio a Breivik que mantuvo a Noruega en vilo y también exploran las ramificaciones del ataque a través de un personaje particular, Vilijar, y su familia.

Vilijar, un elocuente joven con aspiraciones políticas, sufre graves heridas como consecuencia de los disparos. A pesar de que los cirujanos preservan su vida, él pierde un ojo, gran parte de su motricidad y una bala alojada cerca del cerebro puede matarlo en cualquier momento. Pero Greengrass también examina de forma penetrante el dolor invisible de este personaje. Vilijar se ve atormentado por imágenes del terrorista en una clara instancia del estrés post-traumático que rápidamente se transforma en depresión. De esta forma, el joven se convierte en una metáfora de la población noruega post-ataque: atrapado en el martirio de aquel 22 de julio, incapaz de caminar y comunicar su sufrimiento, perdido en sus propias tribulaciones.

El silencioso sufrimiento de Vilijar se ve acentuado por una cinematografía paisajística que contrasta la avasallante naturaleza noruega con la insignificancia humana, donde la frialdad de ese desierto helado refleja la carencia de conexión entre los personajes.

Si la recuperación de Vilijar es la primera gran trama del filme, el juicio a Breivik es la segunda. En una escena escalofriante, mientras es interrogado por una detective, Breivik pide asistencia médica porque un pequeño pedazo de cráneo proveniente de una de sus víctimas ha rebotado y cortado su dedo índice. La ridícula escena donde un policía le coloca una curita en el dedo a un terrorista que come pizza y bebe Coca-cola encapsula la decencia con la que el sistema judiciario noruego trata a cada uno de sus acusados. De hecho, el profesionalismo con el que un abogado público defiende a Breivik a pesar de las amenazas de muerte que recibe a diario refleja cómo las bases del Derecho se mantienen impertérritas incluso en circunstancias extraordinarias.

Luego de insistentes preguntas respecto a futuros atentados, Breivik confiesa que “el juicio es el tercer ataque.” La idea es clara: utilizar la publicidad otorgada por la mediatización de su caso para difuminar ideas de extrema derecha. Esto es justo lo que capturó la atención inicial del director y lo motivó a realizar la película. “Tuve mi momento ‘eureka’ mientras leía el testimonio que Breivik dio en la corte” confesó Greengrass en entrevista con el New Statesman. “Esos argumentos – que la globalización había forzado el multiculturalismo, que la democracia es una mentira y que las elites nos están traicionando – esa visión del mundo, que en 2012 era considerada extrema, hoy es moneda corriente.”

La intención política del filme se va entonces dilucidando. Greengrass, quien aparte de la exitosa trilogía de Jason Bourne ha dirigido thrillers políticos de renombre como Bloody Sunday, Captain Phillips o United 93, utiliza el atentado en Noruega para contrastar las dos visiones de Europa que hoy dominan el escenario político. En entrevista con la revista Rolling Stone, sintetizó su propósito: “La idea era tomar una historia local y transformarla en una advertencia a escala global.”

De todos modos, utilizar la ficción en lugar del documental para tratar un suceso de este calibre no está exento de problemas éticos. En primer lugar, existe cierto resquemor moral en transformar una tragedia real – sobretodo una tan reciente – en un espectáculo cinemático. Para hallar el tono adecuado, Greengrass se reunió con las familias de las víctimas. El mensaje principal fue que ellos no deseaban que la violencia fuera ocultada, pero tampoco que se explotara el material con fines sensacionalistas. La búsqueda de este balance se ve de forma nítida durante el tiroteo en la isla: mientras que la escena es una de suspenso angustioso, el espectador nunca ve las caras de la víctimas al morir y las escenas escatológicas que caracterizarían un filme de guerra son evitadas. De esta forma, hay una evidente cautela cinematográfica a la hora de representar la violencia.

El segundo dilema ético es que no hay nada que un sociópata narcisista como Breivik quisiera más que una película sobre sí mismo. ¿Existe un riesgo de que el filme sirva como megáfono para sus ideas? Es probable. Pero en la batalla de visiones que presenta la película, el testimonio de Vilijar en la Corte revela la inhumanidad inherente al tipo de discurso presentado por Breivik. Una generación de jóvenes que ve con reticencia cómo su Europa abierta y tolerante está virando de dirección podrá encontrar en la figura de Vilijar una fuente de inspiración para luchar por esos desgastados ideales.