Puglia: “no me importa lo que digan, me saqué todas las mochilas”

Por: Patricia Vicente
Publicado: 13/08/2017 08:20
Puglia: “no me importa lo que digan, me saqué todas las mochilas”
ECOS
Sergio Puglia y Gina, su chihuahua, uno de sus grandes amores.

Entrevista al chef y comunicador, que habla de su vida, de política y de una sociedad que ve enferma de hipocresía y pensamiento único.

A poco de mudarse y dejar la vida citadina, Sergio Puglia recibió a ECOS en su apartamento de Pocitos. Su destino, cuenta entusiasmado, será una chacra, el contacto con la naturaleza y proyectos laborales desafiantes. Está en un proceso de cambio, afirma, y cuenta por qué hizo ese click para que hoy, a sus 67 años, ya no le importe que lo critiquen.

-¿Masterchef marcó un antes y un después en su carrera?

-Masterchef es el regalo más importante que he tenido en mi vida profesional en los últimos años. Tengo 40 años en los medios de comunicación y siempre luché por instalar conceptos desde el punto de vista gastronómico y poner a la gastronomía al nivel de hecho cultural, que la gente entienda que no es solamente comer para llenar el estómago. Y yo hoy puedo estar en un programa que trata a la cocina como una columna vertebral y ese programa se transformó en un objeto catalizador para que la familia vuelva a sentarse a mirar televisión y se baten los récords históricos de rating. Ser partícipe de eso es como un regalo de Dios.

Pero además, yo estoy en un proceso de cambio de vida, que inicié internamente y que me llevó a dar muchos pasos. Uno fue el casamiento, otro es vender esta casa e irnos a vivir en una chacra y salir de la polución y la vida citadina para pasar a una vida en contacto con el campo, con otro ritmo y otra forma de ver la vida. Y Masterchef llegó en ese marco.

-¿Nunca lloró tanto con un programa como con este?

(Risas) -No, nunca. Lo que pasa es que me veo reflejado en los participantes. Me veo aquel muchacho joven que con veinte y poco hablaba de cocina y la gente no le daba bolilla y se tuvo que abrir camino solo. Yo trabajé para jerarquizar mi profesión. Cuando volví de Europa con mi título y quise buscar trabajo me dijeron que lo mío no era una carrera, que era algo de mujeres, tuve que luchar contra muchos preconceptos.

Entonces, que hoy alguien saque una revista Sergio Puglia y me diga que aprendió con esto y tiene la colección entera, que una jubilada me diga que la guie a partir de su jubilación… Si vos empezás a acumular todo ese reconocimiento, decís ¡ah la pucha, no fue en vano! Masterchef me dio todo eso. Pero además, me estoy poniendo viejo y lloro. Lo bueno es que la gente se da cuenta de que es natural, es auténtico.

-¿Esa demostración de emociones tiene que ver con ese cambio de vida del que hablaba?

-Sí. Porque muchas veces tuve que ponerme la máscara y cumplir con los mandatos que venían de afuera y tratar de ser libre y fiel a mí mismo, pero sin ofender a los demás. Siempre caminando en el pretil, siempre cuidando un montón de formas y contenidos. ¡Y ahora no!
No me importa nada, porque estoy más allá del bien y del mal, me saqué todas las mochilas.

-¿Eso lo dice por la homosexualidad?

-Sí, por mi elección sexual. Y aunque siempre fui yo, tenía una cuota de personaje, de cosas que no podía manifestar. Pero ahora me da lo mismo que la gente diga que parezco un viejo choto llorando, que digan que estoy cada vez más afeminado porque lloro. No me importa nada, porque estoy más allá del bien y del mal, me saqué todas las mochilas.

¿Qué le hizo hacer ese click?

-Horacio (N. de R. su esposo, Horacio Correa) fue un factor excepcional en mi vida. Primero porque encontré en él a mi par, a la persona con la que compartir, crear, con la que nos entendemos cabalmente. Él me dio la posibilidad de ser más auténticamente yo, me dio la fuerza, y yo sabía que si me tiraba a la piscina la iba a encontrar llena, porque él se iba a encargar de eso. Y que si no estaba llena, él iba a estar ahí para evitar que no me hiciera pomada contra el piso.

Cuando tenés al lado tuyo al compañero, el amigo, el soporte afectivo, el amor incondicional… eso te da un montón de fuerza, de ganas. Y por otro lado, te crea esa necesidad de devolverle en amor, en respeto. Yo le tenía que dar a él lo que nunca me pidió, pero que sabía que necesitaba: que yo pudiera decir abiertamente que había encontrado el amor de mi vida.

-¿Siente que la sociedad uruguaya hoy es más tolerante hacia la diversidad sexual?

-No, no. Siento que el poder político en los últimos años ha hecho posible que la sociedad uruguaya tenga una normativa que reconoció derechos a la comunidad LGBTI y le dio la posibilidad de una inserción y de no discriminación.

Hay un sector de la sociedad (los que impulsaron todo esto) que es gente con una cabeza de hoy, y que se dio cuenta de que la sociedad uruguaya tenía que sanear su hipocresía, su discriminación, su racismo, todo lo que tenemos. Porque construimos una imagen de que el uruguayo es solidario, bueno, generoso, no racista… y todo eso es mentira. Somos todo eso, y además envidiosos e hipócritas, porque barrimos debajo de la alfombra toda la vida.

Jurídica y políticamente dimos un paso, pero hay un sector de la sociedad que sigue discriminando y cree que su pensamiento y su sentimiento es el único. Basta ver las declaraciones de algunos diputados de los últimos tiempos diciendo que si llegan al poder van a revisar todo esto.

-Hablando de políticos, ¿cómo se lleva con ellos?

-Muy bien, porque siempre he practicado la defensa del sistema en el que elegimos vivir. Y si tengo que hablar con un comunista, un blanco, un colorado, hablo. Respeto todas las ideas, porque practico el pluralismo.

Pero ahora estamos viviendo un momento de pensamiento único y de lo políticamente correcto, y las dos cosas son de una hipocresía tal, que nos llevan a ser el Uruguay que no queremos ni debemos ser.

-¿Está en contra de esa tendencia de lo políticamente correcto?

-¡Totalmente! Basta con la pavada y basta de ese lenguaje inclusivo, de todos y todas, ¡déjate de estupideces! Ponelo en práctica. En vez de verbalizarlo y llenarte la boca con la inclusión, hacé la inclusión. Sentá como yo senté hace muchos años ya a una prostituta en un programa de televisión cuando fundaron el gremio; a una mujer golpeada para hablar de la violencia doméstica; a los homosexuales, a los negros como Rosa Luna, que cuando dije gente de color me corrigió y me dijo que eso la discrimina, porque ella es negra.

Inclusión con hechos, no con palabras. Todos y todas… déjate de pavadas
La sociedad está enferma y la prueba es la hipocresía reinante, lo políticamente correcto.

-¿Y a quién le reclama eso, al gobierno o a la gente?

-A los dos, pero principalmente a la gente, que es la que hace cambiar a la sociedad. Le reclamo a la masa crítica, basta de pavadas, mirémonos al espejo y sepamos cuáles son nuestros defectos, nuestros demonios y tratemos de mejorar.

La sociedad está enferma y la prueba es la hipocresía reinante, lo políticamente correcto, los lenguajes inclusivos, los pensamientos únicos, el no resistir la crítica, el no tener la posibilidad de mejorar. Eso es lo que le reclamo a la gente y a todos los que hacen y son posibles objetos catalizadores para mejorar en este país.

-¿Cómo toma las críticas? ¿Se pelea?

-Yo no me peleo. A mí me caminan por arriba, porque en eso del pensamiento único y de lo hipócrita, cuando uno se atreve a levantar la voz y decir lo que piensa, no se acepta y no hay argumentos, entonces me atacan con la vida privada, con el dinero, el glamour.

Cuando vos tenés el argumento justo para defender tu manera de sentir o pensar úsalo, pero no descalifiques al otro porque vive en Pocitos, porque va a Punta del Este o porque hizo dinero. Yo lo que tengo lo hice trabajando, no me colgué de ningún gobierno, a mí nadie me regaló nada. Y si soy el rey del chivo, como dicen, es porque me gané la credibilidad y las empresas confían en mí.

Ahora, me hicieron sentir un pope, porque hasta una Asociación (N. De R. Se refiere a la Asociación de la Prensa del Uruguay, que rechazó sus críticas sobre las radios del Sodre) salió a hablar de mí. ¿Y quién soy yo? Ahora me doy cuenta de que tengo un peso en la sociedad. Yo pensaba que era solo un cocinero preguntón.
Yo lo que tengo lo hice trabajando, no me colgué de ningún gobierno, a mí nadie me regaló nada.

-¿Se siente un tipo polémico?

-¡No, por favor! La polémica la generaron otros. Yo, lo único que hice, fue decir lo que pienso.

-Y sobre polémicas. ¿Cuál es su opinión acerca del caso del vicepresidente, Raúl Sendic?

-Yo creo en los políticos, creo que no hay nada que se pueda probar hasta que la justicia se pronuncie, pero hay cosas que van por el carril penal y otras por el ético. En el caso de Sendic, él tenía que haber dicho la verdad de entrada, cuando se destapó la cosa y de la misma forma en que se abrió el cofre, se cerraba. Ahora, cuando insistís en mentir y después de un año decís que no tenés el título, le diste pasto a las bestias.

Y hablamos de él, porque está en el ojo de la tormenta, pero cualquier político debe asumir sus propios errores. Hubo un manejo ético equivocado que no le hizo nada bien al sistema político, porque si la gente estaba desilusionada, esto lo aumentó. Y el terror que me produce el descreimiento es eso de no saber para dónde agarrar, que la gente llegue a esa situación anárquica de no querer a nadie. Porque esa anarquía ya sabemos a dónde nos lleva, al otro movimiento de reacción y eso a la dictadura.

Yo miro a los políticos hoy y los tengo que criticar, porque para eso estoy en un medio. Porque si los periodistas y yo, que estoy en un medio no criticamos, ¿entonces qué mierda hacemos? ¿Cuál es nuestra obligación? La lectura, la observación y poner los puntos sobre las íes.

¿Se define como de izquierda, de centro, de derecha?

-Soy un demócrata y tengo un pensamiento social que voy a defender toda mi vida. Creo que debe haber un mejor reparto y que la sociedad debe ser mucho más justa.

En mi casa nunca le preguntaron a nadie a quién votaba. Entraba La Escoba, El Día, El País, La Mañana y el Diario, El Debate, toda la prensa, se leía todo, porque había que escuchar todas las campanas. Eso de escuchar solo la que me hace linda música al oído no me sirve. No hay que perder nunca la alerta y saber leer entre líneas.

¿Votó siempre al mismo partido?

-He votado de todo. Mi familia era blanca, wilsonista y yo milité en la juventud de Por la Patria. Sentí que esa era mi identidad. Wilson Ferreira Aldunate fue el último gran caudillo que tuvo este país y que yo seguí y me enseñó hasta su último día. Habló de la gobernabilidad, del respeto a las instituciones, de permitir que el ganador gobierne, porque si le va bien a él le va bien al país.

En un momento dado el sistema político me desilusionó, pensé que el país necesitaba un cambio y afilié a ello, pero también afilié a la crítica. Y hoy soy un crítico de lo que estamos viviendo.

-¿No vota partidos, entonces, vota propuestas?

-Voto al que crea que puede llevar al país al destino que creo que tiene que tener. Porque si acá que somos tres millones y medio no podemos combatir la pobreza, repartir más justamente, y tenemos un Estado que lo único que hace es fagocitarnos en lo económico y lo único que quiere hacer es recaudar y recaudar…

Lo que yo me pregunto es ¿dónde está la plata que se recauda? ¿Cómo puede ser que tuvimos 12 años de panacea económica y hoy tenemos una deuda mayor a la que teníamos? Seguimos teniendo pobreza y cada día más gente en la calle. ¿Y los hospitales bien hechos? ¿Y los manicomios bien manejados? El costo de vida se ha disparado, las pequeñas y medianas empresas tienen que pagar cada vez más y el IRPF, que es una carga a los sueldos. Yo quiero que me lo expliquen.

-¿Dónde piensa que pueda estar?

-No lo sé. En Argentina se la llevaron en bolsos, lavaron como ellos solos. Eso es otra cosa. No creo que haya sido así acá. Puede haber sido mala administración, pero también algo de voluntarismo. Es como el Fondes, que es una idea maravillosa, pero voluntarista. ‘Le tengo que dar a la gente la oportunidad’, pensó Mujica, y estoy de acuerdo, pero con un proyecto sólido para que no se hunda la cooperativa, el Fondes, el país y todo.

Hubo una cosa asistencialista. Todos los proyectos que hubo dentro del Mides fueron así. Se puede decir que era tal la pobreza que había en el 2000 y poco, que había que recuperarlos y darles algo, pero no les dimos herramientas para que se reinserten, no les generamos hábitos del trabajo, y empezaron a quedarse en la casa para poder cobrar. Les convenía más eso, que salir a trabajar.

Y ya sé que los defensores de todo ese plan van a decir que soy un fascista. Pero no, yo quiero que la gente se reinserte.

-¿Nunca pensó en hacer política?

-No, no me interesa.
Yo no pienso jubilarme, a mí la gente me va a tener que echar.

-¿Si mira atrás, qué le faltó hacer?
Tenía que haber entendido mejor a mi padre y haber tenido con él una relación mucho más fluida. Haberle demostrado más el cariño que le tenía.

-¿Y qué le queda por hacer?

-Trabajar. Yo no pienso jubilarme, a mí la gente me va a tener que echar. Y a una edad en la que podría estar en proceso de jubilación, se me planteó el desafío de llevar adelante el emprendimiento gastronómico de La Baguala, que es a donde vamos a ir a vivir. Horacio es el coordinador y yo el director del complejo. Estamos cumpliendo un sueño. Volví a la cocina después de muchos años, creé una carta, armé un equipo, estoy feliz.

Además, en este cambio de vida que estoy transitando voy a dar el paso gigante de cumplir el sueño de tener una chacra y hacer de esa casa un lugar de encuentro con mis amigos, una casa de puertas abiertas.